Google

-

-

.

.

.

miércoles, 27 de abril de 2011

como sobrevivir a un naufragio

SOBREVIVIR EN UN NAUFRÁGO
(Ponencia presentada en el Congreso Mundial de salvamento
celebrado en Vigo España en octubre de 2007)
Obviamente este congreso se ha organizado para determinar qué podemos
hacer nosotros por el náufrago; y ésta es sin duda la parte esencial del mismo.
No es nuestra intención, al menos no la principal, ocuparnos de lo que puede
hacer el náufrago por sí mismo, porque cuanto más autosuficiente es, menos
falta le hacemos nosotros. Pero creo que es importante, muy importante que
nos planteemos en este caso qué puede hacer el náufrago por sí mismo, qué
puede ir haciendo hasta que le lleguen los servicios de salvamento.
Conocer el medio
En primer lugar, si la fatalidad le ha arrojado a uno a un medio hostil,
necesita de forma perentoria para sobrevivir en él conocer sus características.
En el caso que nos ocupa, se trata de saber si el agua del mar nos puede servir
para alimentarnos. Pensemos algo muy elemental: quien en tierra no tiene
nada, absolutamente nada que llevarse a la boca, náufrago en tierra al fin y al
cabo, acaba comiendo tierra: puro instinto de supervivencia. Nos lo ilustra muy
bien García Márquez en “100 años de soledad”. Y obviamente no se pega
grandes atracones de tierra, sino que va matando, auténticamente matando el
hambre con la tierra. Menos da una piedra.
¿Por qué no nos funciona ese mismo instinto en el mar? Pues por lo mismo
que el de la geofagia tampoco funciona para nosotros, sino sólo para pueblos
que se han visto obligados a recurrir a él con la suficiente frecuencia como para
convertirlo en lección de supervivencia. Nosotros en iguales circunstancias nos
morimos, mientras ellos sobreviven.
Pues esa es la cuestión: si naufragas en el mar, has de conocer el agua de
mar, porque no sólo en ella, sino también de ella has de vivir mientras sigas
siendo náufrago. Y más te vale adaptarte lo más rápida y eficazmente posible a
tu nueva condición, porque en vez de morir en ella, que es a lo que se tiende
por ignorancia, has de vivir en ella, no importa cuánto tiempo.
Y puesto que son objeto de este breve estudio los problemas de alimentación
del náufrago, lo pertinente es averiguar qué puede hacer éste para alimentarse
de agua de mar.
La primera evidencia es una fuerte incompatibilidad entre nosotros y el agua de
mar. Es muy difícil soportar beberla como bebemos el agua dulce. Muy difícil,
pero no imposible. A los que ya contamos bastantes años, nuestros padres nos
daban para purgarnos agua de Carabaña, mucho más salada que el agua de
mar; y a la gente marinera la tradición les fue enseñando que beber agua de
mar era muy bueno para depurarse. Tanto los unos como los otros supimos
desde siempre, y seguimos sabiendo que uno no se muere ni se enferma por
beber agua de mar, sino todo lo contrario.
Pero es que tampoco es esto cosa de anteayer. Los griegos decían que el mar
“lava” todas las enfermedades del hombre, porque para combatir buen número
de enfermedades, en especial las infecciosas, se sometían e intensos lavados
internos bebiendo grandes cantidades de agua de mar, hasta que desaparecía
la infección. De esta praxis nació aquella convicción. Es por tanto de dominio
público que beber agua de mar no es de por sí malo, y que hacerlo en algunas
circunstancias es extraordinariamente bueno. El uso menos cuestionado y más
extendido del agua de mar a lo largo de los siglos, es el de laxante: frecuente
por tanto.
Hubiese bastado, pues, extrapolar esta experiencia tan común al ámbito de la
alimentación, para evitar el tormento del hambre y la sed de los náufragos, que
acaba en muerte atroz si no llega el salvamento a tiempo. Si el agua de mar no
es absolutamente mala y si sirve como medicamento y como purgante, ¿qué
mal tendría no saciarse, sino entretener el hambre y la sed bebiendo esa agua?
En principio esta formulación parece buena incluso para el más desconocedor
del tema. Si uno no tiene para remediar su hambre y su sed más que jarabes,
aguardiente o incluso alcohol, está claro que pondrá en crisis su organismo si
se lanza a beber a litros cualquiera de esas sustancias. No ocurrirá tal cosa en
cambio si se va remojando con ellas los labios y va ingiriéndolas muy poco a
poco, bien disueltas en saliva, a un ritmo que sea capaz de soportar el cuerpo.
Con toda seguridad esta elemental medida de supervivencia retardará en unos
días la deshidratación, acaso los suficientes para dar tiempo a que llegue el
salvamento.
Bien, pues esa misma precaución puede tomar el náufrago: dar por sentado
que el agua de mar es perjudicial, pero actuar convencido de que si la toma en
pequeñas cantidades, limitará e incluso evitará sus perjuicios, tal como ocurre
hasta con los venenos, que tomados en ínfimas dosis son curativos.
El mar no está contaminando
¿Y por qué no se ha desarrollado esta elemental cultura de
supervivencia? La razón última es que lo ha impedido la implacable cultura en
contra del agua de mar, una cultura que persiste erre que erre, aunque sea
toda la Tierra la que se muere de sed. El agua de mar es peligrosísima, nos
dicen por tierra mar y aire, porque está contaminada. Hay que evitar por todos
los medios beber agua de mar sin tratar, sin someterla a técnicas de
purificación: justo despojándola, oh paradoja, de su elemento purificador: la sal.
Y bien, ahí estamos, nadando o flotando en el agua, pero con la boca bien
cerrada para evitar los terribles males a los que nos condenaría beber agua de
mar. Y sólo estamos en la primera fase, la del sentido común y la del instinto: la
fase en que no fallan ni los animales ni las personas más ignorantes. Los que
fallamos somos nosotros, paradójicamente la gente más civilizada.
Pero más allá del sentido común y reforzándolo están las tradiciones, aunque
tan escasas que tienen más bien carácter de anecdotario, pero muy difundido;
y las excepciones aún más escasas y celosamente silenciadas de náufragos
que sobreviven días y días por haberse atrevido a beber agua de mar. Por
fortuna ha acudido la ciencia a explicarnos que todo eso ocurre no por
casualidad, sino porque el agua de mar correctamente dosificada es compatible
con nuestro organismo.
Fue precisamente el inacabable anecdotario sobre el poder curativo, purgativo
y desintoxicador del agua de mar, el que despertó la curiosidad de unos pocos
científicos, el más destacado de los cuales es René Quintón, que se pusieron a
investigar en serio qué tenía el agua de mar para producir tantas maravillas. Y
lo que tenía, lo que tiene es que su composición es muy afín a la de nuestro
plasma, es decir al agua con la que se mantienen vivas nuestras células y sus
parásitos, nuestros tejidos y nuestros órganos. Nuestras lágrimas son agua de
mar rebajada a la cuarta parte de su salinidad.
Eso cambia totalmente la actitud que debemos tener ante el agua de mar: no
se trata de un mal absoluto, ni siquiera de un mal menor en situación de apuro,
sino de un bien que es preciso conocer para administrarlo adecuadamente. El
mar es para nosotros un medio extraño, pero no hostil. Nuestro medio húmedo
o acuático inyerno es de una salinidad de 9 por 1.000, mientras que el medio
marino es de una salinidad de 36 por 1.000 (9x4). Eso es todo. Un náufrago ha
de saber por tanto que el agua de mar es un recurso que le conviene aprender
a administrarse.
Claro que partimos del prejuicio de que el agua para ser potable ha de ser,
como dicen los libros, además de incolora e inodora, insípida; o como decimos
vulgarmente “dulce”, es decir “no salada”. Es un evidente prejuicio, porque las
aguas más apreciadas, las mineromedicinales, tienen sabor: algunas de ellas
fuertísimo. Por eso no se pueden beber indiscriminadamente. Es el caso del
agua de mar, que siendo perfectamente potable, no se puede beber a chorro.
Pero se debe beber en algunas situaciones (es el mejor laxante); el náufrago,
por ejemplo, debe beberla sin la menor vacilación. Como tampoco debe vacilar
en beber su orina, excelente para incrementar la ingestión de líquido isotónico,
perfectamente aceptado por el organismo. Es que en esa situación, el menor
desperdicio de líquido es una gravísima temeridad. Y otra temeridad, dejar que
nuestro organismo vaya perdiendo sus sales.
Porque hay más: son precisamente el agua y las sales los elementos sin los
cuales finalmente se colapsa la vida de las células y por tanto la del individuo.
El náufrago falto de todo alimento, tiene en el agua de mar el sucedáneo, tan
pobre como se quiera, y no falto de riesgos, que le permitirá subsistir durante
unos cuantos días. La prueba la tenemos en los hospitales: al enfermo que no
puede ingerir alimentos se le mantiene vivo inyectándole un suero formado por
agua, algunas sales y un poco de glucosa.
Y mira por dónde, el agua de mar nos ofrece agua y sales, digamos que de
disponibilidad problemática, pero no imposible. El mayor problema es que para
lo que son nuestras necesidades, al agua de mar le sobran tres cuartas partes
de sus sales. Sólo eso, y hay que saber lidiar con ese problema. Pero tenemos
a cambio la absoluta variedad de sales que necesita nuestro organismo: la más
abundante el cloruro de sodio (27.213 g. por litro), pero le siguen el cloruro de
magnesio (3.807 g/l), el sulfato de magnesio (1.658 g/l), el sulfato de calcio
(1.260 g/l), el sulfato de potasio (0.863 g/l), el carbonato de calcio (0.123 g/l), el
bromuro de magnesio (0.076). Estas sales y el resto de oligoelementos que
contiene el agua de mar, son indispensables para la supervivencia de las
células.
Es que el agua de mar es propiamente el “agua biológica”; es agua viva no sólo
por sus minerales, sino también por la multitud y variedad de microorganismos
que contiene, y que ayudan lo suyo a quien no tiene nada más que llevarse a la
boca. Y es un agua perfectamente compatible con nuestra agua interna, con
nuestro mar interior, que diría René Quinton. Es compatible porque comparte
con nuestra agua interior todos los elementos, aunque en proporciones
distintas.
Composición del agua de mar
La tabla de ELEMENTOS ESENCIALES PARA LA VIDA que viene más
abajo y la composición del cuerpo humano. Observamos dos cosas
importantes: en primer lugar, que el porcentaje de hidrógeno y oxígeno del
agua de mar y de nuestro cuerpo es muy parecido: somos más agua de lo que
parece a simple vista. Pero luego vemos que todos los elementos esenciales
para la vida están contenidos en el agua de mar, y contenidos en tales
proporciones que de ella podemos obtener los nutrientes esenciales para la
célula. Y no actúan cada uno por su cuenta, sino todos solidariamente, como
los instrumentos de una orquesta produciendo su sinfonía. De ahí que no se
pueda pronosticar con seguridad el perjuicio, p. ej. del exceso de sodio, porque
por lo general los demás elementos contribuyen a neutralizarlo.
Si consultamos la tabla de necesidades diarias, vemos que el agua de mar nos
aporta cantidades apreciables de todos los elementos básicos, de manera que
con ella podemos resistir más largamente en cualquier situación de penuria.
Por eso es apodíctico que si han de sobrevivir dos personas disponiendo sólo
de agua, pero una de agua dulce y la otra de agua de mar, esta última resistirá
durante más días y con la salud más íntegra.
Dejando bien claro por tanto que el agua de mar no es per se venenosa y que
no es perjudicial beberla si se hace con tino.
En primer lugar debo advertir, porque esa es la experiencia contrastada miles
de veces, que como ocurre con todo lo demás no hay pautas generales que le
sirvan por igual a todo el mundo. Por consiguiente ni se puede ni se debe
imponer más norma que la de empezar a beber agua de mar lo antes posible e
ir despacio, muy despacio para reducir al mínimo la violencia que puede ejercer
contra nuestro organismo este alimento nuevo y agresivo.
No se pueden imponer normas, porque hay quien resiste perfectamente hasta
un litro diario de agua de mar, y quien con un cuarto de litro pone su sistema
digestivo en grave crisis. Y hay quien es alérgico al agua de mar (a alguno de
sus microorganismos) y el beberla le produce intenso malestar acompañado de
fiebre. Por fortuna esta última categoría es tan escasa como la de los alérgicos
a los antibióticos. La regla de oro es ingerir el agua tan lentamente como la que
se le escurre a uno por la cara hacia la boca cuando se baña. Así se minimizan
sus efectos negativos, Cuanto menos nos violentemos en eso, mejor.
No explico nada nuevo si les digo que muchísimas personas han sobrevivido a
los naufragios gracias a que han recurrido al agua de mar como único recurso
alimentario a su alcance. De vez en cuando nos informan de ello los noticieros
y los periódicos. Pero curiosamente no se le da relieve a ese dato porque se
les considera como excepciones muy esporádicas y muy raras, que confirman
la regla de que si un náufrago bebe agua de mar, se muere; y si no llega a
morirse, se vuelve loco.
Estamos de nuevo ante el fraude intelectual de subvertir los términos,
asignándole a la categoría valor de anécdota, y valor de excepción a lo que en
realidad es norma. Por eso no se detienen ni investigadores ni periodistas en
los náufragos que se salvan bebiendo agua de mar, porque les rompen los
esquemas y les estropean a los primeros, los parámetros científicos; y a los
segundos, el guión de la catástrofe total.
Fue un gran escándalo para el cuerpo de hidrólogos médicos contemplar hace
apenas medio siglo cómo multitudes de irresponsables se lanzaban a la playa y
con la más temeraria inconsciencia se bañaban en el mar, la más peligrosa de
las aguas mineromedicinales. Según la ciencia de la época, por ningún
concepto se podían “tomar” estas aguas sin la asistencia del médico, que tenía
que estar allí al lado del bañista en una caseta arrastrada hasta el agua por un
mulo, para vigilar las tremendas reacciones que producía en la piel y en todo el
organismo el baño en agua de mar.
Pues así ocurre hoy con la ingestión de agua de mar: la medicina la considera
como un insumo de altísimo riesgo para la salud. Y como ocurrió con el baño,
no será la ciencia la que universalice el consumo de agua de mar como algo
natural, sino que lo hará la gente por su cuenta, sin encomendarse a Dios ni al
diablo, como esos náufragos temerarios que desafiando a la ciencia y al sentir
de la inmensa mayoría, se salvan por haberse atrevido a beber agua de mar.
Pero son unos herejes. Por cierto, así llamó Bombard al boye con el cual hizo
la reavesía del Atlántico en calidad de náufrago voluntario (ilustración).
Náufragos supervivientes
Para demostrar que la supervivencia al naufragio con agua de mar no es
un mito, sino una realidad terca y seriamente estudiada, traigo tres libros en los
que se incide en el tema. En primer lugar, el RELATO DE UN NÁUFRAGO, de
García Márquez; en segundo lugar el NÁUFRAGO VOLUNTARIO, del doctor
Bombard; y en tercer lugar, más reciente, 7 DÍAS DE NAUFRAGIO, de Mariano
Arnal, uno de los que participó en la experiencia.
De los tres naufragios, maravíllense, el más exitoso fue el último, el organizado
por la Fundación AQUA MARIS. El secreto está en la mente, en sus prejuicios.
El primer náufrago, Luís Alejandro Velasco, cuya peripecia nos narra García
Márquez (es el relato de un hecho real), parte de un mal principio: está seguro
de que los servicios de salvamento de la Marina se pondrán en marcha de
inmediato, con lo que da por supuesto que él no ha de hacer nada más que
mantenerse en la balsa. Y claro, como contaba con cenar esa misma noche
con los demás marinos que se habían salvado, los jugos gástricos se cuidaron
de atormentarle con una crueldad refinada, y el hambre que sufrió desde el
primer día fue atroz: como para matar al más fuerte. El prejuicio de que le iban
a rescatar en cuestión de horas le salió carísimo. Estuvo a punto de costarle la
vida.
El segundo naufragio, el de Alain Bombard fue mucho más tolerable, pero muy
duro por lo que al hambre se refiere. El Dr. Bombard, que por su trabajo en una
población costera había tenido que certificar la muerte de centenares de
náufragos, incluso de algunos que llegaban vivos a su hospital, se propuso
trabajar para remediar en su origen la situación de tantos miles de infortunados.
Después de un año dedicado al estudio del valor nutritivo del agua de mar y a
implementar recursos elementales de primer auxilio para los náufragos, que les
permitieran sobrevivir en espera del salvamento o de la arribada a tierra, se
lanzó a su experimento: la travesía del Atlántico en una balsa, en condición de
náufrago voluntario. Puesto que contaba con comer gracias al elemental
artilugio de pesca que llevaba entre su equipo de náufrago, la ansiedad por que
algún pez picase el anzuelo, le tuvo el estómago constantemente dispuesto
para un festín que nunca acababa de llegar. El hambre que pasó por esta
causa fue también épica, a pesar de que bebía agua de mar. La causa de tanto
sufrimiento fue el prejuicio de que con lo que pescase podría comer todos los
días.
El tercer grupo de náufragos (dos llegaron al séptimo día) fue muy distinto:
puesto que partían del prejuicio de que podían resistir perfectamente esos siete
días de naufragio y de ayuno total sin sufrir hambre, gracias al consumo de
agua de mar, NO PADECIERON NI DE HAMBRE NI DE SED a lo largo de todo
el naufragio. Es importante reseñar que no se trata de uno ni de dos, la
experiencia se inició con siete náufragos, y todos ellos resistieron los tres
primeros días (los días en que mata el hambre) sin ninguna dificultad. Todos
compartían el prejuicio sobre el valor alimentario del agua de mar. La cantidad
de referencia con que se manejaban era la de MEDIO LITRO diario. A partir de
ahí las variaciones día a día y persona a persona fueron múltiples: desde el
que pasaba del litro diario (resistió cuatro días y tuvo que desistir por una
hipotermia resultado de un baño después de la puesta del sol), hasta el que no
llegaba al medio litro, y hasta el día de ayuno total.
La conclusión elemental que debemos deducir de esta información al alcance
de todo el mundo, es que es un error descartar el agua de mar como primer y
principal recurso de un náufrago al menos durante los primeros días, puesto
que los ejemplos no paran de multiplicarse. Y corolario de ésta es que basta
con que el náufrago CONFÍE en el agua de mar como su primer recurso contra
el hambre y la sed, para que la DESESPERACIÓN y las barbaridades que se
hacen bajo su influjo dejen de ser la primera causa de muerte de los náufragos.
Resumen del tema
Basta tener las más elementales nociones sobre lo que biológicamente es el
agua de mar, para entender que morir de hambre o de sed durante la primera
semana de naufragio, sólo puede ser resultado de los prejuicios ancestrales
sobre los peligros que representa para la salud la ingesta continuada de agua
de mar. Las leyendas sobre naufragios célebres no han hecho sino aumentar
esos prejuicios, en detrimento de las personas a las que el destino les tiene
reservado el naufragio.
Tanto la ciencia como la experiencia nos enseñan que el agua de mar atenúa
los efectos de un ayuno inevitable. Las sales que contiene el agua de mar son
un excelente recurso para frenar la desnutrición total. La micromateria viva que
contiene el agua de mar aporta también su granito de arena a ese objetivo de
supervivencia. La clave está en que la composición del plasma sanguíneo y la
del agua de mar son tan parecidas, que ésta puede ser utilizada como el mejor
de todos los plasmas, y en caso de necesidad como alimento básico.
El único problema con el que hay que luchar es el de la hipertonicidad del agua
de mar (cuatro veces más salada que nuestro plasma; por eso hay que beberla
con moderación). Si se trata de sobrevivir una semana, este problema es
totalmente controlable: lo avalan varias experiencias de naufragio hidratándose
y alimentándose sólo con agua de mar, los miles de “bebedores habituales” de
agua de mar y los respectivos estudios sobre tolerancia del organismo, todo
ello muy bien documentado.
Del mismo modo que cada año hay que hacer en los edificios un simulacro de
incendio para ensayar las técnicas de salvamento, así también las empresas
en la prestación de cuyos servicios existe algún riesgo de naufragio, deberían
tener entre sus obligaciones (si no legales, deontológicas), la de formar y
entrenar al personal para sobrevivir en las mejores condiciones posible en caso
de naufragio. En cualquier caso, eso es lo que parece exigir la normativa sobre
seguridad e higiene en el trabajo.

-

Entradas populares

THE TERMINATOR


En este sitio     web                
Este buscador oculta toda información del usuario que realiza la búsqueda, y ofrece búsquedas completamente anonimizadas a través de su proxy, ocultando a Google toda la información personal de tu búsqueda e incluso de tu login, si estás en ese momento conectado con alguno de los servicios de Google. El sitio no utiliza cookies, y borra toda la información de las búsquedas realizadas tras 48 horas. Búsquedas con la potencia de Google, pero con total privacidad, y sin anuncios de ningún tipo.