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miércoles, 3 de septiembre de 2014

LA CONDENA DEL CRISTIANISMO ANTIGUO A LA MEDICINA

Herencia CristianaLa Condena del Cristianismo a la MedicinaPor: ANDREW DICKSON WHITELL.D. (Yale), L.H.D. (Columbia), PH.DR. (Jena)Presidente y Profesor de Historia de Cornell University

Mientras varios clérigos hicieron algo para instalar las bases para el estudio de la medicina, las autoridades de la Iglesia, como regla, hicieron todavía más para desbaratar esa obra entre los mismos hombres que, habiéndose permitido la libertad, la habrían cultivado.
Luego, encontramos aflorando por doquier el sentimiento de que, desde que los medios sobrenaturales son tan abundantes, hay algo irreligioso en buscar la cura por medios naturales: por siempre y sin tardanza le rogamos a las Escrituras, y especialmente para el caso del Rey Asa, quien prefirió confiar en los médicos antes que en los sacerdotes de Jehová, y así murió. De ahí que San Bernardo declarara que los monjes que tomaran remedios eran culpables de una conducta impropia hacia la religión. Incluso, multitudes de estrictos clérigos le tomaron aversión a la Escuela de Salerno desde que prescribió reglas para las dietas, de este modo señalando la creencia de que las enfermedades se debían a causas naturales y no a la malicia del demonio: es más, en las escuelas médicas se estudiaba a Hipócrates, y él había declarado especialmente que la posesión demoníaca es "en modo alguno más divina, de ninguna manera más infernal, que cualquier otra enfermedad." De allí que, sin lugar a dudas, el Concilio Laterano (en los comienzos del siglo XIII) le prohibiera a los médicos, bajo pena de excluirlos de la Iglesia, realizar tratamientos médicos sin solicitar consejo eclesiástico.
Esta visión fue albergada por la Iglesia durante largo tiempo, y casi doscientos cincuenta años más tarde el Papa Pío V la revivió renovando el mando del Papa Inocente y haciéndola respetar mediante penalidades. El Papa Pío no solo hizo ordenar que todos los médicos, antes de administrar un tratamiento deban solicitar "un médico del alma", aduciendo que, según él declara, "el padecimiento físico surge con frecuencia del pecado", sino que ordenó que, si al cabo de tres días el paciente no hubiera realizado una confesión a un cura, el médico debería cesar su tratamiento, so pena de ser privado de su derecho a la práctica, y de expulsión de la facultad si fuera profesor, y que cada médico y profesor de medicina debería hacer un juramento de que él estaba cumpliendo estrictamente con estas condiciones.
De este sentimiento había surgido otra práctica la cual hizo aun más difícil el desarrollo de la medicina: el considerar generalmente a los científicos como hechiceros y magos. En gran parte debido a esto, ganó espacio la acusación de ateísmo en contra de los médicos, a partir de lo cual maduró el proverbio: "Donde hay tres médicos hay dos ateos."
La magia era una acusación tan común que muchos médicos parecían creer ellos mismos en ella. En el siglo X, Gerbert, conocido tiempo después como el Papa Silvestre II, fue sospechado una vez de hechicería cuando mostró disposición para adoptar métodos científicos; en el siglo XI esta acusación casi le cuesta la vida a Constantino Africanus cuando quiso detener el asedio hacia la medicina; en el siglo XIII, le deparó a Roger Bacon, uno de los más grandes benefactores de la humanidad, muchos años en prisión, y casi lo lleva a la hoguera: estos casos son típicos, como muchos otros.
Otra acusación contra los médicos que mostraban talento para la investigación fue la de mahometismo y averroísmo; y Petrarch tildaba a los averroístas de "hombres que niegan el Génesis y le ladran a Cristo."
El efecto de esta oposición eclesiástica generalizada fue la relegación, durante varios siglos, del estudio de la medicina principalmente a los practicantes más bajos. Hubo, en efecto, una línea de evolución médica durante la última parte de Edad Media: Santó Tomás de Aquino insistía en que las fuerzas del cuerpo son independientes de su organización física, y que por lo tanto estas fuerzas deberían ser estudiadas por la filosofía escolástica y por el método teológico, en lugar de por investigaciones sobre la estructura del cuerpo; como resultado de esto, tenemos doctrinas de la anatomía y la fisiología fundidas con varias constumbres paganas que sobrevivieron, talescomo el crecimiento o la disminución del cerebro en relación con las fases de la luna, el decaimiento y el aumento de la vitalidad humana relacionados con las mareas del océano, el uso de los pulmones para avivar el corazón, la función del hígado como el centro del amor, y la que se refiere al bazo como el centro de la inteligencia.
Intimamente conectada con estos métodos del pensamiento encontramos a la doctrina de las firmas. Se pensaba que el Todopoderoso había puesto su firma sobre los variados medios para curar las enfermedades que él había proveído: así, se sostuvo que la hierba conocida como bloodroot, debido a su jugo rojo, es buena para la sangre; la hepática, teniendo una hoja parecida al Hígado, cura las enfermedades del hígado; la hierba eyebright, siendo marcada con una mancha con la forma de un ojo, cura las enfermedades de los ojos, la celidonia, que tiene un jugo amarillo, cura la ictericia; la hierba bugloss, asemejándose a la cabeza de una serpiente, cura la picadura de serpiente; la flannel, luciendo como la sangre, cura las enfermedades de la sangre, y por lo tanto el reumatismo; la grasa de oro tomada de un animal densamente cubierto de pelo, se recomienda para las personas que le temen a la calvicie.
Otro método desarrollado por esta pseudo ciencia teológica fue el que le hacía tener sentir repugnancia al demonio del mismo cuerpo que estaba atormentando: de ahí que al paciente se le hacía tragar o aplicarse varias inmundicias imposibles de nombrar, por ejemplo remedios como hígados de sapos, sangre de ranas y ratas, fibras de la soga de un ahorcado, ungüento hecho del cuerpo de un criminales muertos en la horca. Muchas de estas prácticas eran vestigios de supersticiones, pero la lógica teológica les asignó una relevancia ortodoxa. Como ejemplo de esta mezcla de paganismo con magia cristiana, podríamos citar las siguientes extraídas de un libro medieval de medicina como el bálsamo contra "los visitantes traviesos de la noche y duendes nocturnos": "Tome una planta de lúpulo, ajenjo, hirba de obispo, altramuz, ash-troat, beleño, hierba conejo, bugloss de víbora, palnta de heathberry, cropleek, ajo, granos de hedgerife, githrife, e hinojo. Ponga estas hierbas en un recipiente, ubíquelas/os debajo del altar, celebre nueve misas sobre ellas/os, hiérvalos/as en manteca y grasa de oveja, agregue mucha sal sagrada, escúrralo en una tela, eche las hierbas en agua corriente. Ante cualquier tentación o si viniera un geniecillo o duende de visita por la noche, unte su cuerpo con este bálsamo, y póngalo en sus ojo, y esparza incienso a su alrededor, y persígnelo con frecuencia con la señal de la cruz. Su condición mejorará."
En cuanto a la cirugía, esta misma amalgama de la teología con vestigios antiguos continuó como freno para la evolución de la ciencia médica hasta los tiempos modernos. La hostilidad simbólica de la Iglesia hacia el derramamiento de la sangre apartó, como hemos visto, el gran cuerpo de sus educados hombres de la práctica quirúrgica; de allí que la cirugía permaneció hasta el siglo XV como una profesión despreciada, su práctica quedó en su mayoría en manos de charlatanes, y hasta un período bastante reciente el nombre "peluquero-cirujano" fue un vestigio de esta situación. Dentro de esta cirugía, la aplicación de varias inmundicias alivian el dolor de las fracturas; el tocar a un ahorcado curaba las torceduras; el aliento de un burro expelía veneno; frotar un diente de un muerto curaba el dolor de muelas.
El enorme desarrollo de las curas mediante los milagros y el fetichismo dentro de la Iglesia continuó siglo tras siglo, y aquí yace probablemente la causa principal de la hostilidad entre la Iglesia por un lado y la mejor clase de médicos, por el otro.; concretamente en el hecho de que la Iglesia se considera en posesión de algo mucho mejor que los métodos científicos de la medicina. Al ir prevaleciendo esta creencia, se desarrolló cada vez más dentro del puro fetichismo, una veneración natural y loable hacia las reliquias de los mártires cristianos.
Por lo tanto, el agua por la que había pasado un simple cabello de un santo, mojado en agua era usado como purgante; el agua en la que había estado el anillo de San Remigio curaba la fiebre; el vino en el que habían estado los huesos de un santo curaba la locura; el aceite de una lámpara que fue prendida ante la tumba de San Galo curaba los tumores; San Valentino curaba la epilepsia; San Cristobal, las enfermedades de la garganta; San Eutropio, la hidropesía; San Ovidio, la sordera; San Gervasio, el reumatismo; San Apolonio, el dolor de muelas; San Vito, San Antonio y una multitud de otros santos, los males que llevan sus nombres. Incluso en 1784 encontramos a ciertas autoridades en Bavaria ordenando que cualquiera que haya sido mordido por un perro con rabia debía de inmediato rezar en el altar de San Huberto, y no perder su tiempo intentando curarse por vía médica o quirúrgica.
En el siglo XII encontramos una notable cura en donde se le dio de beber al inválido del agua en al que se lavó las manos San Bernardo. Las flores que habían reposado sobre la tumba de un santo, dejadas en remojo en agua, eran consideradas como especialmente eficaces para varias enfermedades.
Los púlpitos en todas partes respaldaban la eficacia de tales curas fetichistas y entre las historias recolectadas por el Arzobispo Jacques de Vitry para ser usadas por predicadores, se encontraba una la cual, a juzgar por su frecuente recurrencia a la literatura eclesiastica, debe haber calado profundo en la psiquis colectiva: "Dos mendigos vagos, uno ciego, el otro rengo, tratan de evitar acercarse a las reliquias de San Martín, llevadas a través de una procesión, para así no ser curados y poder seguir pidiendo limosnas. El ciego sube al rengo sobre sus hombros para guiarlo, pero quedan atrapados por la muchedumbre y resultan curados en contra de sus voluntades."
Las virtudes médicas atribuidas a la saliva son también muy importantes durante toda la Edad Media. El uso de este remedio tuvo una temprana aceptación oriental. Se la puede encontrar claramente en Egipto. Pliny le dedica una considerable parte de uno de sus capítulos; Galen le da su visto bueno; se dijo que Vespasiano, cuando visitó Alejandría, había curado a un ciego aplicándole saliva a sus ojos; pero el gran ejemplo que impactó con más fuerza sobre la mentalidad medieval fue el uso de la saliva atribuida al mismo Jesús en el cuarto Evangelio: desde allí pasó a ser parte no sólo del ceremonial de la Iglesia sino ampliamente de la práctica médica.
A medida que la atmósfera teológica se hizo más densa, casi todos los países tuvieron su larga lista de santos, cada uno con un poder especial sobre algún órgano o enfermedad. El clero, teniendo gran influencia sobre las escuelas médicas, mezcló conscientemente esta medicina fetichista con los comienzos de la ciencia. En el siglo X, incluso en la Escuela de Salerno, encontramos que el enfermo era curado no solo por los remedios, sino por las reliquias de San Mateo y de otros.
La naturaleza humana, en demasía, se afirma, entonces como ahora, poniendo de moda varias curas piadosas por un tiempo y luego dejando que se conviertan en obsoletas. Podemos ver las reliquias de San Cosmo y San Damián plenamente en boga durante la temprana Edad Media, pero fuera de moda y carente de eficacia tiempo después; o encontramos que en el siglo XIII los huesos de San Luis, habiéndose puesto de moda, trajeron aparejados una gran cantidad de curas milagrosas, mientras en el siglo XIV, quedando fuera de moda, dejaron de practicarse, y dieron lugar por un tiempo a las reliquias de San Roque e Montpellier y de Santa Catalina de Siena, las que a su turno operaron muchas curas hasta que también se vieron desactualizadas y le cedieron el paso a otros santos. Así, en los tiempos modernos, los milagros sanadores de La Salette han perdido prestigio en alguna medida, y aquellos relacionados con Lourdes se han puesto de moda.
Incluso los asuntos serios como las fracturas, los cálculos, y el parto dificultoso, en donde la ciencia moderna ha logrado algunos de sus más grandes triunfos, fueron entonces tratados mediante las reliquias; y hasta este momento los ex votos colgando de los altares de Santa Genoveva en París, de San Antonio de Padua, de la imagen Druida en Chartres, de la Virgen en Einsiedeln y Lourdes, de la fuente en La Salette, son vestigios de esta misma concepción de la enfermedad y su cura.
Así sucedió también con una gran cantidad de reservas de aguas sagradas, arroyos, y lugares de la tierra. En Irlanda, ni siquiera una parroquia no ha tenido semejantes centros sagrados; en Inglaterra y Escocia ha habido muchos; y mas tarde, en el año 1805, el eminente Dr. Milner, de la Iglesia Católica Romana, dio una explicación cuidadosa y concienzuda de una cura milagrosa que se transformó en un bien sagrado en Flintshire. En todas partes de Europa el lugar piadoso para los bienes y fuentes continuó tiempo después de terminada la Edad Media, y no ha cesado totalmente hasta el día de hoy.
No es para nada necesario suponer un engaño intencional en el origen y en el mantenimiento de todas las curas fetichistas. Aunque dos investigaciones judiciales diferentes sobre los milagros modernos en La Salette han mostrado sus orígenes empañados por el fraude, y aunque la reciente restauración de la Catedral de Trondhjem ha revelado el hecho de que los poderes curativos de la fuente sagrada que alguna vez le reportara grandes ingresos a aquel santuario eran asistidos por voces angelicales que hablaban a través de un tubo en las paredes. Existe una pequeña duda respecto de que la gran mayoría de las curas provenientes de fuentes e incluso del santuario, tal cual se han manifestado, hayan resultado de una ley natural, y que la creencia en ellas estaba basada en un argumento honesto de las Escrituras.
El argumento teológico era simplemente este: si el Todopoderoso se dignó a resucitar al muerto que tocó los huesos de Elisha, ¿Por qué no debería volver a la vida al paciente que toca en Cologne los huesos de los Reyes Magos que siguieron la estrella de la Natividad?. Si Naaman se curó sumergiéndose él mismo en las aguas del Jordan, y muchos otros introduciéndose en las aguas del Siloam, ¿Por qué todavía no deberían curarse los hombres en charcos o lagos? Si un hombre enfermo fue revivido por tocar las ropas de San Pablo ¿por qué no podría recobrarse otro enfermo tocando el santo sudario de Cristo en Treves, o la mortaja de Cristo en Bensacon?.
Y de todas estas preguntas viene inevitablemente aquella cuya lógica respuesta fue especialmente perjudicial para el desarrollo de la ciencia médica: ¿Por qué deberían los hombres buscar el desarrollo de la medicina científica y de la cirugía, cuando las reliquias, las peregrinaciones, y ritos sagrados, de acuerdo con una abrumadora masa de testimonios concurrentes, han curado y están curando multitudes de personas enfermas por todas partes de Europa?
Después se sumo otro desarrollo del espíritu teológico, mezclado con la exclusividad profesional y con el prejuicio popular, trayendo aparejado una daño inefable. Incluso para aquellos que han llegado a emanciparse de la lealtad a las curas fetichistas como para consultar médicos, les estaba prohibido consultar a aquellos que, como regla, fueran los mejores. Desde los principios de la historia europea los judíos han liderado la medicina; ya hemos notado su participación en la fundación de las grandes escuelas de Salerno y de Montpellier, y en todas partes de Europa los encontramos como reconocidos líderes en el arte de curar. Las autoridades de la Iglesia, haciendo respetar el espíritu imperante de la época, fueron especialmente severas en contra de estos benefactores: los judíos médicos. Aquellos hombres que rechazaban abiertamente los medios de la salvación, y cuyas almas estaban innegablemente perdidas, eran considerado un insulto a la Providencia el echo de que estos pudieran curar. Los frailes predicadores los denunciaban desde el púlpito, y las autoridades del Estado y de la Iglesia, con frecuencia y en secreto los consultaban mientras que abiertamente los proscribían.
Gregorio de Tours nos contó de un archidiácono que, habiendo sido parcialmente curado de una enfermedad en los ojos por San Martín, buscó ayuda adicional de un médico judío, con el resultado de que ni el Santo ni el Judío pudieron ayudarlo en el futuro. Los Papas Eugenio IV, Nicolás V, y Calisto III les prohibieron especialmente a los Cristianos emplear a los judíos. El Concilio de Trullanean en el siglo VIII, los Concilios de Beziers y Alby en el siglo XIII, los Concilios de Avignon y de Salamanca en el siglo XIV, el Sínodo de Bamberg y el Obispo de Passau en el siglo XV, el Concilio de Avignon en el siglo XVI, y muchos otros, prohibieron expresamente a los fieles de solicitar médicos o cirujanos judíos; grandes predicadores como John Geiter y John Herolt rugían desde el púlpito en contra de ellos y de todos quienes los consultaran. Hasta llegado el siglo XVII, cuando el Concilio Ciudadano de Hall, en Wurtemberg, le otorgó privilegios a un médico judío "debido a su admirable experiencia y habilidad", el clero de la ciudad se unió en protesta, declarando que "era mejor morir con Cristo que ser curado por un doctor judío ayudado por el demonio". Aun así, en su extremismo, obispos, cardenales, reyes, e incluso papas, insistieron en visitar a los médicos de la raza odiada.

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